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Ejerciendo La Libertad Cristiana


Ejerciendo La Libertad Cristiana

Ferguson, Sinclair B.. Solo en Cristo: una vida centrada en el evangelio

(Kindle Location 2696). Reformation Trust Publishing.


• ¿Cómo se relaciona el Antiguo Testamento con el Nuevo?

• ¿Cómo se relaciona la Ley de Moisés con el evangelio de Jesucristo?

• ¿Cómo debería ejercer un cristiano la libertad en Cristo?


El Concilio de Jerusalén, descrito en Hechos 15, intentó responder estas preguntas prácticas que enfrentaban los primeros cristianos mientras buscaban la manera de disfrutar de la libertad de la administración mosaica sin convertirse en piedra de tropiezo para el pueblo judío. Éstas eran preguntas a las que Pablo en particular dedicó una buena medida de reflexión. Después de todo, él fue uno de los designados por el Concilio de Jerusalén para hacer circular y explicar la carta que condensaba las decisiones de los apóstoles y ancianos (Hechos 15: 22ss.; 16: 4). Enfrentado a cuestiones similares en la iglesia de Roma, les proporcionó una serie de principios que aplican con igual pertinencia a los cristianos del siglo XXI. Su enseñanza en Romanos 14: 1-15: 13 contiene saludables (y muy necesarias) pautas para el ejercicio de la libertad cristiana. Aquí hay cuatro de ellas:


Principio 1: Nunca debe hacerse alarde de la libertad cristiana.

“Así que la convicción que tengas tú al respecto, mantenla como algo entre Dios y tú” (Romanos 14: 22, NVI). En Cristo somos libres de las leyes alimenticias de Moisés; Cristo declaró limpios todos los alimentos (Marcos 7: 18-19). ¡Después de todo, podemos comer budín negro! Pero no es necesario ejercer la libertad para disfrutar de ella . En efecto, Pablo en otro lugar hace algunos cuestionamientos muy agudos sobre aquellos que insisten en ejercer su libertad sin importar las circunstancias: ¿edifica esto realmente a los demás? ¿Es algo que realmente te libera, o más bien ha comenzado a esclavizarte (Romanos 14: 19; 1 Corintios 6: 12)? La sutil verdad es que el cristiano que tiene que ejercer su libertad está encadenado a la cosa misma que insiste en hacer. Pablo dice que si para alguien el reino consiste en comida, bebida, y cosas semejantes, esa persona no ha comprendido el evangelio ni la libertad del Espíritu (Romanos 14: 17).


Principio 2: La libertad cristiana no significa que uno recibe a los hermanos cristianos solo cuando ha aclarado sus posturas sobre X o Y (o con la intención de hacerlo).

Dios los ha recibido en Cristo, tal como son; lo mismo deberíamos hacer nosotros (Romanos 14: 1, 3). Es cierto que el Señor no los dejará tal como están. Pero él no toma su patrón de conducta como base para recibirlos. Tampoco deberíamos hacerlo nosotros. Tenemos muchas responsabilidades con nuestros hermanos cristianos, pero ser su juez no es una de ellas. Solo Cristo lo es (Romanos 14: 4, 10-13). Qué triste es escuchar (como ocurre demasiado a menudo) el nombre de otro cristiano mencionado en una conversación, solo para que de inmediato alguien se abalance sobre él con censuras. Esa no es tanto una señal de discernimiento como la evidencia de un espíritu criticador. ¿Qué tal si la medida que usamos para juzgar a los demás se convirtiera en la medida usada para juzgarnos a nosotros (Romanos 14: 10-12; Mateo 7: 2)?


Principio 3: La libertad cristiana nunca debe usarse de manera tal que nos volvamos piedra de tropiezo para otro cristiano (Romanos 14:3).

Cuando Pablo enuncia este principio, no se trata de un exabrupto, sino de un principio establecido sobre el cual ha reflexionado y con el cual se ha comprometido deliberadamente (ver 1 Corintios 8: 13). Cuando se hace ese compromiso, al final se convierte en una parte tan importante de nuestro pensamiento que conduce nuestro comportamiento instintivamente. Se nos concede libertad en Cristo para ser siervos de los demás, no para consentir nuestras propias preferencias.


Principio 4: La libertad cristiana requiere que captemos el principio que produzca este verdadero equilibrio bíblico: “Debemos soportar… en vez de hacer lo que nos agrada… porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo” (Romanos 15: 1-3).

Aquí está implicado algo abrumadoramente sencillo. Todo se reduce a la cuestión básica del amor a Jesucristo y el deseo de imitarlo, pues su Espíritu habita en nosotros para hacernos semejantes a él. La verdadera libertad cristiana, a diferencia de los diversos movimientos de “libertad” o “liberación” del mundo secular, no es una cuestión de exigir los “derechos” que poseemos. ¿Podríamos decir que quizá los Padres Fundadores de los Estados Unidos, con toda su sabiduría, hayan gatillado inadvertidamente una distorsión del cristianismo al hablar de nuestros “derechos” a la vida, la libertad, y la búsqueda de la felicidad? El cristiano se da cuenta de que ante Dios no tiene “derechos” por naturaleza. En nuestra condición pecadora, hemos perdido todos nuestros “derechos”. Solo cuando reconocemos que no merecemos nuestros “derechos” podemos ejercerlos adecuadamente como privilegios. La sensibilidad hacia los demás en la iglesia, especialmente los más débiles, depende de este sentido de que nosotros mismos somos indignos. Si asumimos que tenemos libertades para ejercer a toda costa, nos convertimos en armas potencialmente mortales en una comunidad, demasiado capaces de destruir a alguien por quien ha muerto Cristo (Romanos 14: 15, 20).


Eso no significa que yo deba hacerme esclavo de la conciencia del otro. Juan Calvino lo expresa correctamente cuando dice que restringimos el ejercicio de nuestra libertad por causa de los creyentes débiles, pero no cuando nos enfrentamos a fariseos que exigen que nos ajustemos a lo que no es escritural (40). Allí donde el evangelio esté en juego, es necesario ejercer la libertad; donde esté en juego la estabilidad de un cristiano débil, es necesario que la restrinjamos. Todo esto forma parte de “vivir entre los tiempos”. Ya somos libres en Cristo, pero aún no vivimos en un mundo que pueda soportar nuestra libertad. Un día gozaremos de “la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Romanos 8: 21). ¡Entonces podemos comer budín negro cuando y donde queramos! Pero no todavía. Por de pronto, como escribió Martín Lutero, “el cristiano es el más libre señor de todo, y no está sujeto a nadie; el cristiano es el más obediente siervo de todos, y sujeto a todos” (41). Tal como fue con el Amo, así también es con el siervo.


40. Calvino, Institución de la Religión Cristiana, III. 19.11.

41. Martin Lutero, La Libertad Cristiana.





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